Balance, resultado, recuento, primer recuento, primero; porque de mi trabajo no se ha hecho otro.
Hace ya bastantes años que empecé a ilustrar libros para niños; entre ellos, varios álbumes y otros que lo parecían. Hice algunos dibujos, acuarelas y pinturas que contaban historias; no muchos, porque soy de producción corta. Interpretaba los cuentos de otros, y en su figuración y puesta en escena condicionaba su lectura con un mundo personal propio.
Ahora, el trabajo y el tiempo me permiten inventariar y escoger algunas publicaciones; y, entre ellas, algunas obras para el regalo que supone esta exposición.
No hice las imágenes para verlas sobre los muros, sino para reproducirlas, multiplicarlas y que fueran portátiles. Pero, gracias a esta parada y a tener que colgarlas en un museo importante como entorno, me he visto redescubriendo lo que tenía tan guardado.
Al sacarlo de sobres y carpetas lo he mirado al mismo tiempo como mío y como si no fuera mío, esquizofrenia natural para quien se dedica a esto, por lo que hay de cabeza, de corazón y de tripas en ello. Su existencia, tan parecida a la de los seres vivos. Nacen, se multiplican, mueren por obsolescencia, se entierran en armarios y, a veces, resucitan y es una gloria; pero cualquier otro regreso desde el mundo de los libros antiguos te toca con notas de melancolía.
Este rescate es muy gratificante, mucho, rodeado además de amigos que animan a la alegría y que mejoran las cosas. Ellos me pidieron, cuando apenas arrancaba este viaje, un hilo conductor que facilitara el recorrido y que cosiera las obras distanciadas en los años. Es así como el Tiempo se reveló como protagonista de mis trabajos y quiso ser hilo temporal, papel que se le da con frecuencia en cualquier retrospectiva. Puso delante su presencia evidente en títulos que hablaban directamente de él, como en El Señor Viento Norte, donde ese Señor gigantón se adueña de las estaciones, bloquea los ciclos naturales con las llaves del frío y le obliga a interpretar al mal y no al buen tiempo. También en El guardián del olvido, o de la memoria o del tiempo vivido, o guardián de los seres perdidos y de las cosas amadas que son nuestras piedras-pulgarcito para ir y volver por el camino acertado. El tiempo posado sobre las cosas nos descubre a los demás, nos ayuda en las búsquedas y en los encuentros. Finalmente, destacó uno entre todos los libros presentes, Tiempo de vuelo, con texto de Bartolomeu Campos de Queirós, donde es la estrella de las preguntas y respuestas continuas, en un enhebrado juego de espejos y matrioskas. Libro que pide una lectura atenta y dejarse llevar por las imágenes.
Tiempo no se conformó con destacar sus actuaciones estelares de protagonista en estos tres álbumes. Pidió, además, una mirada más cercana hacia los otros libros.
Destripó El caballo fantástico y sacó de él restos grises de memoria propia y común de la posguerra, años cincuenta, además de un cajón lleno de futuro, construido con juguetes y basuras para su transformación mágica en la ilusión de un unicornio de carne.
Miró la estructura narrativa de El pequeño títere, y afirmó seco y simple: “Es circular”. El principio y el final se dan la mano.
En Insomnio, donde lo habían tratado sin cordura, como al texto mismo, esperando al final un instante de inteligencia o de broma, se cuestionó si habría valido la pena la tarea.
Experiencias locas ya había vivido en sueños, que no en vigilia, pegado a Zapatones, pero el Tiempo onírico no sabe si va o viene, se acomoda a cualquier ocurrencia o se detiene como si no existiera.
Se sintió molesto por hacer en La composición el papel de época desastrosa, de década de plomo, y por alojar en ella una dictadura con mucha muerte. Dentro del ritmo temporal de este relato, se vistió de suspense con final feliz porque aquel también fue un Tiempo de héroes.
Hasta ahora todo ha sido fijarse en el argumento y la trama de los libros. Sin embargo, una muestra de ilustraciones pide detenerse, mirar y dedicar mayor atención a la forma, a la geometría, a los rasgos y gestos de todo lo representado. Conviene, además, rastrear el reflejo del Tiempo en el uso de la secuencia, contagio directo de la historieta y el cine, en el sentido de los encuadres, en la fragmentación y la acumulación, en la influencia del ojo fotográfico y su momento decisivo. Lo que en foto es un instante, en pintura es una parálisis.
Todo esto traduce Tiempo y atraviesa mis trabajos, a veces con acierto y otras como promesa insatisfecha.
Aquí las palabras se ponen cuesta arriba y no sirven del todo, solo se pueden explicar a través de las imágenes concretas, mirando con detalle.
Será en el paseo por los cuadros donde cualquier espectador saque lo que pueda del encuentro. Quizá se pregunte si hay algo de lo antes escrito; si el pasado, el presente y el futuro transitan entre las figuras; si las tendencias y la moda son los termómetros de caducidad; si existen otros modos de rastrear las señales del Tiempo o si de todo el perímetro de obras quedará algo y durante cuánto Tiempo. Preguntas posibles que permiten mirar mejor, pero para las que existe una respuesta única de fondo, desde siempre, y es su irremediable vocación de ser ceniza.
Solo deseo, citando mal a Quevedo, que aun acabado en ceniza o polvo, sea polvo emocionado.